Esperando el temblor

Por Mónica Reynoso.-

Para Federico Siciliano, con quien tanto quería.

¿Ya pediste tu antojo de medianoche a Rappi Turbo? Es un servicio de entrega ultrarrápida de la app que promete llevar hasta tu puerta el producto que se te ocurra pedir a cualquier hora y desde cualquier lugar. Un analgésico vaya y pase, pero también un cuarto de helado, unas cervezas, un chocolate, lo que sea que consideres emergencia impostergable. Desde una red de comercios que ofrece entrega en no más de diez minutos se comprometen: ¡satisfacción garantizada o despedimos al repartidor!

Pedís delivery, le preguntaron a Narda Lepes. Respondió que no usa ninguna aplicación de pedidos. “Está mal que alguien pedalee rápido quince kilómetros para vos comerte dos empanadas”. Qué bien Narda. Su respuesta llega a casa como una oportuna, necesaria, tibia y rica vianda de compasión, que no es lástima, ni piedad, sino “sentir con”, ponerse en el cuero del prójimo, extenderle ternura, solidaridad, afecto. Todo lo que anda escaseando en góndola.

Tampoco es sólo la oferta irrespetuosa y compulsiva. Hay en nosotros, además, una inercia en las acciones que emprendemos día a día, posiblemente en resguardo de nuestra estabilidad física y emocional, y que nos distrae o que nos ayuda a distraernos del malestar general de una sociedad sumida en el turbo capitalismo con entrega a domicilio a un costo que preferimos ignorar. Los que pedalean quince kilómetros para llevarte dos empanadas a tu casa eran 20 mil en 2022 y 30 mil al año siguiente. ¿Habla bien o mal de nuestra economía y nuestros consumos? ¿Qué dice del que llama al repartidor; qué del que reparte? Faltan puestos de empleo reales y en nombre de una ficticia autonomía, la llamada reforma laboral de los Milei niega a los repartidores el status de trabajadores que les corresponde y los derechos laborales que los asisten. Aun así, los que pedalean quince kilómetros para llevarte unas empanadas a tu casa pueden seguir multiplicándose sin pausa porque qué se le va a hacer, es lo que hay.

LA DOLCE VITA

La vida cotidiana podrá seguir también al ritmo más o menos aceptable que viene teniendo para quienes todavía están bajo techo y con un ingreso regular apto para la sobrevivencia, y seguirá seguramente con más furor, impetuosa y jaranera, para los ínfimos ultrarricos de acá y de allá, donde quiera que se los vea mostrando sus Rolex carísimos, sus Lamborghini, sus Louis Vuitton, sus pieles doradas por el sol del ocio sin fin. ¿Fue el Indio Solari o el Indio citó a otro que dijo que el lujo es vulgaridad? Quiero creer que los ultrarricos también se aburren, o que la pasan mal y por eso viajan tanto y dedican gran parte de su vida al cuete tratando de encontrar bienes y experiencias que muestren lo capaces de derrochar que son y que marquen la diferencia: no basta con serlo, hay que parecerlo. Si hay riqueza, que se note. En Neuquén, Cipolletti y ciudades vecinas están a la venta mansiones a partir de medio millón de dólares, con hasta ocho habitaciones, siete baños, piletas y parques de ensueño sobre lotes de mil metros cuadrados. ¿Quién necesita tanto espacio, llega a ocupar todas las habitaciones, de cuánto dinero dispone para habitar y sostener esos lugares? ¿está entre nosotros esta gente tan adinerada, de dónde salió?

Eduardo Costantini pertenece a ese mundo de ultrarricos que figuran en las listas anuales de Forbes, donde las cifras de los patrimonios conocidos son prácticamente inconcebibles para el común (vale decir: no entran en la cabeza de nadie de a pie). Son fortunas tan cuantiosas que hace falta varias generaciones de herederos para agotarlas. Costantini tiene 79 años, una esposa 44 años menor, siete hijos de otros matrimonios y una pequeña con su actual esposa a quien bautizaron Kahlo (se sospecha un homenaje a Frida Ídem que busca distinguirse del montón). Aunque es bastante asiduo a las revistas del corazón, no se puede decir de Costantini que sea un ultrarrico vulgar. Tiene vocación por acaparar arte y terrenos, de modo que gasta su dinero en colecciones de artistas latinoamericanos que exhibe en el Malba, su museo, y en lotes valiosísimos como el de cuatro hectáreas en Palermo y el de una manzana completa en Bajo Belgrano, por citar sólo sus últimas adquisiciones.

¿Cómo se hace rico alguien que no nace rico? Como dice Manolito, el de Mafalda, nadie amasa una fortuna sin hacer harina a los demás. Se puede atenuar esta categórica definición exponiendo una creencia nunca verificada pero satisfactoria ante evidencias nítidas: el que quiere, puede. “¿Cómo se hizo millonario Eduardo Costantini? La historia de cómo hizo su primer millón de dólares es conocida: aportó 200.000 dólares y uno de sus hermanos, Rodolfo, colaboró con otros 40.000. Compraron un terreno que, cuatro meses después, vendieron en un millón de dólares. Su primer millón”. Esto se lee en Google, que no cuenta de dónde sacó Costantini los 200 mil del principio. Así cualquiera…

Debemos, sin embargo, agradecer su gusto y dedicación por el arte. El Malba es un lugar a visitar siempre. Exhibe obras de Frida Kahlo, Diego Rivera, Tarsila do Amaral, Xul Solar, Emilio Pettoruti, Wifredo Lam, Roberto Matta, Maria Martins, Remedios Varo, Antonio Berni y Jorge de la Vega, entre otros. Y este mes de diciembre que termina ofrece en exclusiva la película LS83, vista antes solamente en el Bafici.

VIDELA CHOCHO CON LOS CHALCHALEROS

Los domingos la sala de cine del Malba se colma de un público fervoroso que puede incluso charlar con los autores de la película y, con más suerte todavía, dialogar con Martín Kohan, parte medular del proyecto. Su voz atenúa la crudeza de las imágenes que el largometraje de Herman Szwarcbart rescata de viejas latas olvidadas del noticiero de Canal 9. Los textos que lee Kohan de su libro Me acuerdo matizan con anécdotas tiernas de su infancia las escenas insoportables de Jorge Videla protagonista: su rostro ratonil en primer plano agobia la pantalla. Se lo ve mediocre, burócrata. De uniforme siempre, en desfiles, actos protocolares o recibiendo, alborozado, a Los Chalchaleros en persona y con ropa de gauchos en la Casa de Gobierno, Videla y esa cotidianeidad macabra que de él emana, aunque no se vea, sería un trance difícil de soportar si no fuera por otras escenas de un país donde los niños van a la escuela, los adultos cumplen sus obligaciones y las calles son las calles, las plazas, las plazas, como siempre.

El envés de la trama palpita, subterráneo. Está que estalla. ¿Es sólo porque la miramos en retrospectiva? ¿Porque ya sabemos el final? Bajo la rutina de las cosas que hay que hacer para no perecer se escucha a Kohan contando que su madre discute con su padre y que ella, enojada, se baja del auto y toma un colectivo que un piquete del Ejército obliga a desocupar. Se escucha a un hombre que se presume periodista cubriendo de alabanzas a Videla por sus logros en materia de libertad de expresión y a Galtieri jodón, chichoneando con los soldados, la voz rasposa, la risa áspera. Y se ve a un escolar que demora lo suficiente para no responder lo que piensa del gobierno militar. Todo en blanco y negro, como la melancolía.

En el tránsito interminable, penoso de los últimos años de la dictadura militar visitó la Universidad del Comahue Diana Kordon, psiquiatra y psicoanalista, fundadora del Equipo de Asistencia Psicológica de Madres de Plaza de Mayo. Vino a hablar de los efectos psicológicos de la represión ilegal, que había investigado, y nos colmó de esperanza a un grupo de jóvenes militantes hartos del régimen que la rodeamos buscando un signo vital bajo tanta muerte. Nos confortó, nos dio aliento. Puso como ejemplo el Cordobazo, que nadie esperaba y se llevó puesto al Onganiato. Un revés de la historia, como si fuera la implosión de ríos profundos, pacientes, agitados, ocultos bajo la trama presente a los ojos que se van acostumbrando: a la riqueza de los ricos, a la pobreza de los pobres, a la banalidad del mal que nos ha gobernado y nos gobierna.

Si, como ha citado Mark Fisher, “es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”, sirva la presente de oración laica para que “ojalá pase algo que lo borre de pronto”.

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