Una batalla tras otra

Por Mónica Reynoso.-

Inevitable, fatal, felizmente, para hablar de La Revuelta debo hablar de mí misma.

Estamos en casa de Graciela Alonso en Alta Barda; está terminando el verano de 2004. Somos un pequeño grupo de mujeres en el patio de la casa de Graciela en Alta Barda; nos estamos preparando para un escrache. Hay tarros de pintura, telas, papeles, unas bolsas grandes de contenido misterioso. Hay tijeras. Grandes, las de podar. Hay entusiasmo. Con el tiempo sabré que el entusiasmo auténtico sólo se consigue en La Revuelta, con La Revuelta. Aun en las peores circunstancias.

Una de las peores circunstancias de entonces era el tercer gobierno de Jorge Sobisch. Un patriarcado rústico, sombrío, agobiado por el colmo de denuncias por corrupción, pero con mano firme todavía para disparar contra el enemigo. Lo que tristemente ocurrió en efecto tres años después contra Carlos Fuentealba.

Las denuncias periodísticas de corrupción en el gobierno se acumulan y una en particular se relaciona con estos preparativos en casa de Graciela. Vamos en camino a una reparación. El escrache será la reparación, una modesta contribución de justicia feminista en el modo visita pedagógica de LR.

Sucedió que un periódico local ha publicado una investigación sobre la bonanza patrimonial de un político de la primera línea del Movimiento Popular Neuquino. Enterado de la publicación, el tipo se disgusta, no quiere que los periodistas se metan con su patrimonio y entonces jura vengarse. Anuncia su venganza en una entrevista, lo proclama revestido de la impunidad de su cargo, y explica que la venganza no será contra el autor de la investigación que lo afectó, un varón como él, sino contra la esposa del periodista: para cobrarse la afrenta, avisa que someterá sexualmente, diariamente, a la mujer del periodista.

Yo soy esa mujer, yo fui esa esposa. Es mi esposo el periodista autor de la investigación, pero la repugnante descarga de violencia del ofendido no se dirige al ofensor sino que se lanza sobre mí, que soy mujer, y es feroz violencia sexual contra un cuerpo de mujer en razón del vínculo, un cuerpo asaltado como inerme campo de batalla, como territorio baldío donde plantar dominio. Contiene tanta concentración de odio contra las mujeres como de cobardía ante un varón (al que desea o venera o teme) y es ésta la primera vez que lo escribo.

El anuncio de la venganza lo recibe un compañero del periódico donde escribíamos mi esposo y yo y donde se publicó la nota. Durante una reunión de redacción, el compañero duda en contarlo porque puede advertir que es una noticia feroz para mí, pero insisto, quiero saber. Escucho con horror los detalles y observo el silencio impávido de mis colegas y compañeros. Varones todos. Siento el peso del silencio como la falta de aire en un lugar cerrado. Dejo de inmediato la reunión y me dirijo al fiscal de turno, que toma la denuncia, amodorrado en la parsimonia del burócrata. Nunca se ocupó de la denuncia, jamás citó al denunciado.

Omito los nombres de las personas a las que aludo aquí porque la experiencia vivida por mí es la experiencia que puede vivir cualquier mujer: el pacto peneano del que hace poco habló Malena Pichot. También se dice patriarcado. Cierto es que pude estudiar, casarme, viajar, abrir una cuenta bancaria: no soy una mujer iraní. Pero ella es mi hermana mientras el poder se exprese en desmedro de mi libertad y la suya.

Por fin. Con telas, pancartas, tijeras de podar, pasamontañas y caretas fuimos de la casa de Graciela al domicilio del tipo que amenazó someterme. Escrachamos el domicilio familiar con cánticos que disminuyen hasta el ridículo la potencia viril del patriarca y, para más argumentos, cubrimos de Chizitos el patio. Llega la policía con armas y vehículos, nos sentamos en el suelo mientras empuñamos las tijeras de podar en el aire, amenazantes. Las vamos a usar, te la vamos a cortar, cantábamos. Viene la prensa, los vecinos curiosos, se hace tarde. Nos vamos, alegres y aliviadas. Dejamos panfletos firmados por Las Furias Desatadas. Comando Lorena Bobbit contra la violencia sexista.

Revivo la emoción de aquella tarde del fin del verano de 2004. Me emociono de gratitud, de ternura, de admiración, de cariño profundo por esas mujeres valerosas que me asistieron sin preguntar y dando todo lo que saben dar en un momento muy triste de mi vida. Lo cuento porque es preciso imaginar y dejar constancia de lo que hubiera pasado conmigo y mi pesar sin La Revuelta. Lo cuento aun desde el minúsculo episodio que viví porque sé que la vida de muchas mujeres, y diversidades hoy, pueden caer dramáticamente en sufrimiento y soledad si no estuviera tendida y atenta la red feminista que las espera para oírlas y apapacharlas. Y así extender la red, expandirla, afirmarla.

Anoche llovió desesperadamente, como si fuera de una vez y para siempre. Era el diluvio del fin del mundo de Macondo. ¿Lo seguirá la peste del olvido, cuando había que anotar en un cartel la palabra que designaba la cosa, para no olvidarla? Nos queda a un clic abrir una ventana al mundo amenazante donde todo es insensatez, angustia y terror. ¿Cómo se dice niños con hambre, niñas violadas, niñas y niños asesinados con bombas, con olvido? No hay forma, no hay palabras; lo estoy diciendo pero el decirlo no puede abarcar todo el peso de dolor que lleva acechar esa ventana abierta.

Es el dolor de los demás, esa constatación de la condición humana que raspa el fondo de la garganta. Ante él está el dilema de seguir mirando y pasar página; llorar, llorar y llorar; quedarnos confortados por llorar, llorar y llorar o -aleluya- correr hacia allá, adonde se está sufriendo, correr sin demora ni preguntas, correr con los brazos abiertos, recibir en los brazos abiertos a ese ser que sufre, dar confianza, dar el tiempo propio, darse, darse.

En este mundo ha habido y hay guerras que no cesan. La guerra contra las mujeres es otra guerra que viene sucediendo sin pausa. La Revuelta nos viene enseñando a armarnos y a enfrentarla, a dar batalla y a no rendirnos jamás.

No podemos imaginarnos lo espantosa, lo aterradora que es la guerra y cómo se convierte en normalidad.

(“Ante el dolor de los demás”, Susan Sontag).

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