Por Laura Rosso.-
El martes 7 de abril pasó por el programa Dementes, Susy Shock, “poeta, cantante, actriz, escritora, travesti, sudaca, docente”. Así fue presentada por sus conductoras, Melina Fit y Emiliana Cortona, también como la tía trava, y “una gran prologadora de muchos libros de Latinoamérica”, sumó la misma Susy, minutos después de atender la comunicación telefónica, desde su sillón frente al piano y al jardín donde el bosque crece junto a las casas de sus amigas. Porque hay un sueño que se está cristalizando: vivir juntas. Con sus amigas, comparten un quincho, luz y agua comunitaria, en un espacio cerca de la ciudad de Buenos Aires, para ir y venir entre trabajos, giras y funciones. Susy dice que “hay que recrear las insurgencias”, su nuevo mantra, hoy, cuando habita un tiempo que le pertenece. “Una es dueña de su tiempo y eso hay que hacerlo valer”, dice con la cadencia de su voz que mezcla sabiduría e insolencia militante. El diálogo sigue y cada frase dispara nuevas reflexiones: “Ahora hay que pelear por la tierra, para que no la destruyan pero también por el acceso, porque ¿de qué le sirve a una trava el DNI si no tiene dónde caerse muerta, dónde vivir, o dónde poner sus plantitas o su quinta para comer?” Animarse a pegar el salto -dice-, discutir el futuro, hacia dónde vamos, cómo queremos que sea, pero… “agudizando, chiquis”.
La conversación con Susy continúa, y ella vuelve al primer latido: el deseo. ¿Por dónde empezar a dejar de responder a lo que se espera de una?, preguntó Emiliana: “Hay un momento en que una dice ‘yo por acá no voy, es por acá’. Te peleás con tu familia, con tus amigas, después te re encontrarás, esa época es fundante de una misma.” Ir tras el deseo, ese que Susy descubrió a los 14 años y que sus padres no intentaron asfixiar. Un acto de amor que Susy llama “privilegio”. La post-pandemia la encontró preguntándose por qué escribe, por qué canta. Y la respuesta fue un regreso a las fuentes, la afirmación de que el oficio no es una carrera. “¿Cuál fue el latido que primero me mandó así, desaforada, que me dijo que era por ahí? Y de repente eso no lo podía hacer, entonces surgieron, me resurgieron esas ganas enormes de hacer lo estaba prohibido hacer”. Hay otra Susy, también post-pandemia, que buscó la forma creativa para no dejar de hacer lo que había elegido a los 14 años. Ser dueña de su deseo, que ella suma al tema de la identidad. “Hay cosas incómodas que están bien si lo que te espera es el deseo”, dice. “Yo lo entendí de pendeja. Y eso ya es un privilegio: el privilegio de estar en el deseo”.
De inmediato, Susy nombra a Marlene Wayar, que decía ‘somos millonarias no porque tenemos un yate, sino porque no lo necesitamos’. “Eso es gigante, saber en qué parte de la vereda estamos”, y vuelve a los sueños de las cabañas con amigas, a los ideales de querer que el mundo sea mejor. El espacio que comparten las recibe y las blinda (“perdonen la metáfora armamentista”, subraya Susy) las protege de ese afuera que les quita tiempo “porque nos distrae con la sobrevivencia o con otros valores que no tienen nada que ver con lo que una busca y hacia donde una se entrega”.
En ese refugio, volvió a descubrir la noche, “el misterio que empieza a aparecer cuando te alejas de las redes, cuando empezás a entender el valor del bosque o el valor de los glaciares, el valor de la vida, de lo que no se ve, el valor de la Pacha”. Es desde ese entramado de naturaleza y silencio desde donde Susy también nos habla.
¿Cómo se actualiza ese derecho a ser un monstruo y que otros sean lo normal?, lanzaron luego desde Dementes. “Me lo actualizan sobre todo las mariquitas jóvenes que me encuentro en todo el mundo, y cuando digo todo el mundo es todo el mundo, porque yo soy una pata de lana que anda por todos lados”. Susy lleva la monstruosidad como refugio y bandera. Su frase: “reivindico mi derecho a ser un monstruo”, caló tan hondo como un manifiesto. Hoy, son las mariquitas jóvenes de Cuba, de Colombia o del sur argentino quienes se la devuelven como un espejo. Esa “monstruosidad” que el mundo usa como insulto, para las travas es belleza. “Esto es bello, esto me pertenece”, acentúa Susy, “y acá salen mariposas de esto”. Han sido tantas generaciones, entonces “en lugar de un poema empieza a ser manifiesto, empieza a ser lo que a mí me pasó, lo pude contar y espejó a otras generaciones. Ya está, yo ya me doy por hecha con mi comunidad si les sirvió, y claro que les sirvió, sobre todo a las que escriben. Hay un montón de generaciones travestis que están escribiendo y resuena esa monstruosidad que somos”.
“Esta es una época donde nos quieren quitar las rebeldías», analiza Susy en la charla radial, con la mirada aguda: “Nos quieren quitar también el sentido más grande de subvertirlo todo”. Propone recuperar la insolencia travesti. Esa identidad que grita “yo no soy ni hombre ni mujer, yo soy otra cosa”, que se convierte en gesto revolucionario en un mundo que ya no tiene revoluciones. La identidad travesti-trans es una revolución política, una forma de cuidar el planeta. “Me parece que cada pibita, cada pibito, cada pibite que te encontrás en cualquier parte del mundo cuando te abraza y te agradece te está diciendo eso: Yo soy una revolución en mi cuerpo, soy una revolución constante”.
Para Susy el desafío es ver que se hace “con estas insolencias que somos las personas travesti-trans para aportarle al mundo. Hasta ahora no han podido porque nos están llevando por mal camino, casi a la destrucción del planeta”. ¿De qué sirve esa insolencia? ¿Cómo politizamos eso?, interpela. “Más allá de mi identidad, de mi derecho a la identidad, más allá de mis búsquedas de un sostenimiento legal y estatal y de reconocimiento a eso, ver cuál es el aporte a lo nuevo, ¿no? Ahí hay algo posible, y me encantaría que salga de este pensamiento travesti. Porque no lo veo en ningún otro lado”.
En pocos días, Susy llega a Neuquén, a Bariloche y al Bolsón, quiere volver a encontrar eso que sentía que se le escapó hace un ratito nomás durante la pandemia cuando le agarró una desesperación “porque imagínate lo que es no poder hacer que eso suceda”. En su recorrido por las provincias -Neuquén es la número diez- busca ese encuentro. Porque necesitamos abrazarnos, “hay una soledad que es inquietante, hay una desolación de no saber por dónde y pienso que el arte puede vislumbrar algo mejor de cada cual. Creo que salimos mejores personitas después de ver un hecho artístico, de ver cualquier hecho artístico, de escuchar una buena canción, de escuchar a quienes amamos, de volver a escuchar ese disco, volver a escuchar esa canción, leer ese libro nuevamente.”
Para Susy, esta es una época que todo lo rompe. Hay cosas que son sagradas y contra las que no se puede ir impunemente: la memoria de Norita, el legado de Lohana y la Pacha Mama. En cada escenario, ella sube a recordar la importancia del encuentro y el arte, que quizás sea la última trinchera para volver a ser mejores personas. “Somos militantes de la vida, andamos con una urgencia vital. No podemos no hacerlo”.
Para cerrar la conversación con Dementes, Susy habló de sus preocupaciones: “Me preocupa que no podamos ver la máscara, que no nos demos cuenta o que no nos dé asco esa máscara, que nos rindamos a esa máscara. Y ya no hablo tanto de un presidente olfa, alcahuete del poder, estoy hablando de un pueblo al que tiene que darle asco, un pueblo que tiene que pararse en todas las insurgencias posibles e imposibles, que tiene que cuidar la vida. Un pueblo que tiene que cuidarse a sí mismo, a su memoria, a su historia, a la tierra, al futuro”.
En ese entramado poético y político vamos a encontrar siempre a Susy Shock.
Susy Shock presenta La Loreta y Pibe Roto, junto al dúo Bazán-Bonillo & Garnier, el 17 de abril en Teatro Desafíos, Brentana 46, Neuquén.
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