Cartas ¿o un libro? para pensar el presente y el futuro

Por Emiliana Cortona.-

Estoy en el living de mi casa. La TV apagada me devuelve un reflejo. Ahí, sentadas en el sillón, aparecemos con Clara. Ella toma la teta y yo, pienso. Me pregunto: ¿Qué tipo de escuela existirá cuando le toque ir? ¿Cómo será? De pronto levanta la cabeza, me mira. Yo, como acto reflejo le comparto mis preocupaciones: ¿Qué maestra te va a tocar en el jardín? ¿Cuál en primer grado?

Su respuesta es volver a la teta. Succiona como si el mundo fuese eso, alimentarse.

Extiendo la mano, tanteo y agarro el libro que acabo de terminar de leer. Repaso las primeras páginas y me reencuentro con la experiencia que cuenta Eluney, maestra de jardín en la sala “Atardecer de Montaña”: en una clase, estudiando los teros aprendieron que el macho y la hembra se turnan para cuidar a sus crías y que después les enseñan a volar juntos, repartiéndose el tiempo. Allí Olvia, una niña, dijo: “Ah, en mi casa no es así. Mi mamá hace todo y mi papá juega a la play”. Y Noha, otro niño, le respondió: “En mi casa todo lo hace mi abuela”.

En ese momento me doy cuenta que quiero que a Clara le toque una seño como Eluney. Que promueva ese intercambio en el aula. Me emociono. Me seco las lágrimas.

Sigo repasando el libro. Navego por las páginas que componen “Cartas a quienes pretenden enseñar ESI. Escritas desde la Patagonia” un libro compilado por Ruth Zurbriggen y Belén Grosso, editado por Chirimbote y escrito por 30 docentes que comparten reflexiones, experiencias, preguntas, miedos y aprendizajes nacidos en sus propias escuelas.

Repaso las 22 cartas que componen este libro y me encuentro con la que escribió Yanet, y pienso que también me gustaría que sea ella su seño, que como tantas, sea feminista activista y que la calle le parezca tan importante como las aulas. Que pueda encontrarse con una maestra como ella, que le muestre todos los viernes videos que la hagan reflexionar, como el que les proyectó a sus estudiantes de 4to grado en el que intercambiaron en torno a “Decir sí, decir no”, para que puedan contar situaciones cotidianas en las que, dentro y fuera de la escuela, tiene que dar su consentimiento. Que pueda decir que no, desde chiquita, cuando alguien le tire el pelo, o que sí cuando una amiga le regala un helado.

También deseo que en arte, le toque una seño como Ailín, para que le pregunte, como ella hace en el aula, ¿qué cuerpos aparecen representados en el arte a lo largo de la historia? ¿Por qué conocemos más a nombres de artistas varones y europeos? ¿Qué roles ocupan las personas que vemos en las obras?

También una como Erica o Karina o Ariel que, aun en su escuela que lleva la bandera de la ESI, tuvieron que revisar su propia institución, con miedos y nubes en los ojos, escucharon a esas niñas que les pudieron decir que un adulto les hacía mal. Me gustaría también que se cruce con uno como José Luis, un docente aguafiesta que todo lo cuestiona: desde los rituales escolares, hasta los discursos y efemérides. Que le enseñe a dinamitar la neutralidad y lo ya sabido de este régimen cisheteropatriarcal.

Clara se incomoda, se mueve. Se queja. Me doy cuenta que es momento de pasarla a la otra teta. Dejo el libro y le ofrezco la izquierda. Se acomoda y se relaja de nuevo.

Retomo el repaso del libro. Me encuentro con la carta que escribieron Soledad y Andrea. Y pienso que me gustaría que también se encuentre en el aula con ellas, que saben que la mejor manera de hacer pedagogía es refugiando los dolores y los deseos, habilitando la palabra y dando lugar al conflicto, suspendiendo los juicios y deteniendo el tiempo para pensar, estar y sentir. Que aprenda que los conocimientos no son universales ni estancos y  que la sensibilidad no es algo innato. Que sepa, como enseñan ellas, que la escuela es un territorio de encuentros, afectos, una trinchera que alberga la diversidad, desmonta desigualdades y entabla puentes con saberes no institucionalizados.

Que tenga también a una Silvana que le enseñe que la heterosexualidad no es obligatoria. Que pueda tener una seño, que como ella, arme Feria ESI y que su escuela se convierta en una fiesta. También una Carla que es consciente de que la alegría, el disfrute y el acompañamiento potencian el aprendizaje. O que tenga un Lucas, que ante un embarazo no deseado le acerque el teléfono de las Socorristas. También una Fanny y una Carolina que legitimen su sentir y que respeten sus tiempos amorosamente.

Que tenga a una maestra como María Florencia, que le mande mensaje preguntando si su casa tembló por el fracking en Añelo. O como Yuliana, que, como hace con estudiantes, les hable de la cultura mapuche en presente y no solo en pasado. O como Nadia, que, poniendo en tensión la idea de que los colores, juegos y juguetes no tienen género, motivó a Nina a que traiga su pelota de fútbol a la escuela. “El fútbol es de varones”, le habían dicho. Que ojalá, como Nina, lleve su pelota y logre, como ese grado, terminar jugando al fútbol mixto.

La miro. Ya no toma teta. Ahora, se quedó dormida. Pienso en Clara, pero también en todas las infancias. Ojalá que también se encuentren con una Belén Grosso y una Ruth Zurbriggen que dedican sus días a ensanchar la ESI, a repensarla, a hacerla cuerpo dentro y fuera de la escuela. Que se encuentren con su andar, en el que piensan, coordinan, mastican y crean proyectos como este, un libro necesario, urgente, potente de textos intimistas y políticos que todos, todas, todes deberíamos tener a mano.

Este viernes a las 18.30 “Cartas a quienes pretenden enseñar ESI. Escritas desde la Patagonia” se presentará en la Escuela Especial Quelluen, Sargento Cabral 1250, Neuquén.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *