Educación Sexual Integral en Chos Malal: “La ESI nos salva de destinos predefinidos”

Por Elena Egea.-

Hija de una familia dedicada a la trashumancia en el norte neuquino, Verónica Bravo transformó la rebeldía de su infancia en su profesión. Hoy, desde el Instituto Superior de Formación Docente N° 2, defiende la transversalidad de la Educación Sexual Integral frente a los discursos de odio y las miradas juzgadoras.

El 4 de octubre se cumplen 20 años de la sanción del Programa Nacional de Educación Sexual Integral. Sin embargo, su aplicación ha sufrido percances y cuestionamientos. Desde la asunción del gobierno de Javier Milei los ataques a la ESI son política de estado, se desfinanció por completo, se interrumpió todo proceso de formación de docentes en servicio y se insiste con la necesidad de eliminarla como normativa. Detrás de ella hay docentes y profesionales de la educación de todo el país que la levantan como bandera y garantizan que sus contenidos se dicten de forma transversal. Verónica Bravo es una de esas docentes, reside en la provincia de Neuquén. Para ella la ESI es vital: “Nos salva de destinos predefinidos”. 

Su propia historia es testigo del alcance de la ESI en las trayectorias de vida y eso es lo que busca generar en sus estudiantes. Verónica nació en Chos Malal, una localidad ubicada en el Norte de la provincia de Neuquén, en una familia atravesada por la ruralidad, la trashumancia y “los mandatos”. Sus padres se movían con los animales entre veranadas e invernadas, pero cuando ella llegó, decidieron dejar la actividad para que sus hijos se escolaricen. De todas maneras, volvía al campo todos los veranos, donde veía de cerca la división sexual del trabajo. “Había lugares designados a la mujer de forma predefinida, esto de la mujer ama de casa para criar los hijos e hijas”, graficó.

 

A Verónica esa idea siempre le generó “algo de ruido” y de a poco fue despertando “cierta rebeldía” dentro de su familia. De muy chica practicaba deporte, un área donde se volvió a chocar con las desigualdades de género. Quería entrenar, competir, “moverse en un mundo dominado por varones”, pero para hacerlo debía negociar cada salida y cumplir primero con las tareas domésticas que en su casa solo se les exigían a las mujeres. “Yo tengo dos hermanos y a uno no le gusta el deporte, pero al otro le apasiona tanto como a mí y, sin embargo, él podía entrar y salir de la casa libremente, no importaba el horario. Yo no”, recordó. 

Discutía permisos y acumulaba castigos, aunque también ganaba pequeñas victorias. Esa rebeldía temprana frente a los mandatos de género fue el primer gesto de correrse del lugar que le habían marcado, aún antes de nombrarse feminista y de militar la ESI. De hecho, su primer encuentro con la ESI llegó de forma fortuita durante una clase de Educación Física. Verónica cursaba el primer año del secundario cuando una profesora escuchó a un grupo de estudiantes hablar bajito sobre el temor a “ensuciarse con la sangre” y las dudas sobre “cuándo iba a pasar”. Entonces, decidió sentarlas en ronda y abrir un diálogo que marcó su adolescencia y su formación.

“Nos enseñó a conocer nuestro cuerpo”, comentó Verónica. La consigna final todavía la sacude: “Chicas, tienen que llegar a su casa, buscar un espejo y mirar todas las partes de su cuerpo. Nos enseñó a saber que no podíamos enfrentarnos a los cambios si no conocíamos nuestro cuerpo”. En una casa donde no se hablaba sobre menstruación y mucho menos de sexualidad, la invitación resultó revolucionaria. “A mí me habían enseñado que el cuerpo era un tabú”, remarcó.

Con el tiempo, las preguntas que nacían de esa incomodidad la empujaron a salir de Chos Malal para estudiar. Primero se formó como maestra primaria en el propio Instituto Superior de Formación Docente (ISFD) N° 2 de la localidad. A los 20 años ya tenía el título y trabajaba en la Escuela 225. “El trabajo en las escuelas primarias me permitió en algún punto darme cuenta de que la educación era un campo muy interesante, pero sentía que ese espacio, la estructura escolar, sobre todo en la escuela primaria, era extremadamente enjaulador”, resaltó Verónica. Esas tensiones la llevaron a buscar otros lenguajes para pensar la educación y decidió mudarse a Cipolletti para cursar el Profesorado y la Licenciatura en Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional del Comahue.

 

Allí adquirió una nueva caja de herramientas. En segundo año la cátedra de Antropología la enfrentó a la idea de que ser mujer u hombre no surge de la naturaleza dada, sino de construcciones históricas y culturales. Empezó a leer autores y autoras que hablaban de género, sexualidad y deseo. Una frase del poeta y activista LGBTIQ+, Néstor Perlongher, la acompañó desde entonces: “Se puede hablar del dolor, mas no del goce”. Esa sentencia la conectó con los silencios de su casa, donde la sexualidad se presentaba desde el miedo. “Mi mamá lo poco que me transmitió siempre fue en términos de dolor, incluso la maternidad”, relató.

En tercer año otro encuentro la empujó un poco más. Tuvo como profesora a Graciela Alonso, una de las fundadoras de la Colectiva Feminista La Revuelta. Esa cátedra la invitó a salir de la lectura para participar en espacios de militancia, encuentros y talleres. Así, la universidad le abrió preguntas que la obligaron a revisar su propia historia: la niña del campo, la adolescente que discutía con su familia, la futura docente que no quería reproducir la escuela que la había “enjaulado”.

Luego sumó una Especialización en Estudios interculturales, géneros y sexualidades, también en la Universidad Nacional del Comahue. Para entonces ya trabajaba otra vez en Chos Malal y transitaba asesorías pedagógicas en escuelas secundarias. En 2013 se integró al ISFD N° 2 como profesora en el Profesorado de Educación Primaria y desde el área de Extensión impulsó una actualización académica en derechos humanos, géneros y sexualidades en el 2025.

Allí encontró el espacio ideal para cruzar su formación con la experiencia de vivir y enseñar en “el pueblo”. Se preguntó cómo podía acompañar las trayectorias atravesadas por mandatos tan fuertes. “Tenemos una matrícula del 60% más o menos de estudiantes del interior de la provincia. Por eso, una preocupación y una ocupación que tengo hasta el día de hoy es el trabajo con les estudiantes que vienen de ámbitos rurales, porque creo que ahí hay un desafío y un acompañamiento, algo que a mí en lo particular me mueve mucho”, enfatizó.

Con el tiempo, su militancia por la ESI se sostuvo tanto en documentos como en escenas cotidianas. Los y las estudiantes del nivel medio, donde primero se desempeñó como asesora pedagógica, empezaron a identificarla como una referente. Cuando ella entraba al aula, el clima cambiaba: el grupo ya esperaba talleres, rondas de conversación, debates sobre lo que veían en televisión o en internet. De ese ida y vuelta surgieron discusiones sobre el adultocentrismo, la falta de espacios pensados con participación juvenil y la necesidad de escuchar a las adolescencias antes de decidir por ellas.

En el ISFD, su trabajo cotidiano expone tensiones similares. Junto a otras docentes negocia para que la ESI no quede encapsulada en las escuelas en un espacio optativo o en el último bloque del viernes. Discute diseños curriculares, propone transversalizar la perspectiva de género en las ocho carreras que se dictan allí, cuestiona prácticas que expulsan o desalientan a quienes llegan del campo. “A veces estamos en segundo o tercer año de la formación docente y no sabemos cómo se llama esa compañera, cuáles son sus condiciones de vida”, señaló. Para ella, la ESI empieza por ahí: por conocer al otro, armar redes de cuidado y acompañamiento.

Esa tarea en localidades pequeñas requiere cierto coraje para enfrentar las “miradas juzgadoras” de la familia y los propios vecinos. “Cuesta un poco el trabajo con estos temas y quedamos muy evidenciadas quienes lo hacemos”, afirmó Verónica, pero eso no la detiene. Sostuvo que, tanto en la escuela secundaria como en el ISFD, los y las estudiantes preguntan por la ESI. “Nos piden estos espacios, nos buscan. Eso es lo que siempre nos motiva, nos da esperanza”, remarcó. Sin embargo, aseguró que todavía hay un sector que la quiere relegar a “espacios mínimos”, cuando “debe ser transversal” y estar presente dentro de la “agenda cotidiana”. 

La ofensiva de La Libertad Avanza (LLA) contra la ESI y los feminismos profundiza esas dificultades. “Esta difamación del gobierno les da como una certeza a quienes se han negado en estos 20 años a trabajar la ESI”, enfatizó Verónica. Señaló que muchos docentes que nunca la quisieron implementar hoy se sienten respaldados. 

Para la docente, estos discursos buscan desviar la conversación hacia un chivo expiatorio. “Les resulta un lugar cómodo siempre buscar culpables. Culpabilizar a las feministas y a la ESI y no poder mirar a quienes dominan el mundo hoy”, afirmó, en referencia a las empresas que controlan las redes sociales y las pantallas, que influyen a diario sobre la vida de niñas, niños y adolescentes. Sostuvo que mientras la ultraderecha ataca a la ESI con el argumento de que “sexualiza” a las juventudes, nadie cuestiona con la misma fuerza los contenidos violentos y misóginos que circulan sin control.

Es que claro, la ESI viene a derrumbar el statu quo que los espacios conservadores quieren imponer. “La ESI es una herramienta trascendental para desafiar la heteronormatividad que nos performatea y que nos enjaula en un tipo de aula, en un tipo de escuela, en un tipo de sociedad y que nos lleva a las mujeres a un lugar pasivo, oscuro. Nos silencia y vuelve a ejercer la domesticación sobre nuestros cuerpos”, aseveró Verónica.

Mira hacia atrás, revisa su propia historia y agradece haberse encontrado con la ESI. A ella le cambió la vida y confía en que también puede marcar la diferencia en sus estudiantes. “Para mí la ESI es necesaria porque nos salva de destinos predefinidos, sobre todo en estos lugares, en estos territorios, donde todavía se nos sigue intentando llevar a las mujeres al ámbito privado, al ámbito cerrado, a la casa”, recalcó y agregó: “Nos habilita el abrazo, la ternura, nos habilita espacios seguros para llorar por lo que nos duele, pero para poder rearmarnos y saber cómo pararnos ante ese mundo”.

 

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