Educación Sexual Integral en Villa La Angostura: una herramienta para desarmar el racismo y revalorizar la palabra 

Por Elena Egea.-

Cuando Lucía Tuñon piensa en quién la guió hacia la Educación Sexual Integral no logra identificar a una persona en particular. Se recibió como Profesora de Antropología, no obstante cómo enseñar la ESI lo aprendió sobre la marcha, en el mismo intercambio con otras colegas y con estudiantes. Sin embargo, haciendo mucha memoria, le viene una escena a la cabeza: el día en que un compañero de secundaria hizo explotar el auto de una docente. 

Lucía Turrión en el centro de la fotografía.

En diálogo con La Revuelta, se percató de que aquel hecho de violencia contra una docente se vincula con “la falta de ESI”. Pese a que generó conmoción en toda la comunidad educativa de Comodoro Rivadavia, de donde es oriunda Lucía, la respuesta institucional fue no conversar sobre el tema. Esa postura le hizo ruido. “¿Cómo que no podemos hablar de eso?”, cuestionó y organizó una intervención con sus compañeros y compañeras. Hoy reflexiona: “La ESI es hablar, no silenciar la palabra”. 

Lucía nació “al sur de la provincia de Chubut, sobre el mar”. Allí hizo el jardín, la primaria y la secundaria. A los 18 años decidió mudarse a Buenos Aires para estudiar el profesorado de Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Cuando se recibió, se quedó un tiempo más en la ciudad, probando con otros estudios y dando sus primeros pasos laborales. Hasta que el anonimato dejó de resultarle atractivo y buscó un nuevo horizonte donde echar raíces.  

En diciembre de 2014 se fue a vivir a Villa La Angostura, una localidad cordillerana de Neuquén. Recién entonces, ya como profesora en escuelas secundarias y luego en el Instituto Superior de Formación Docente N°15, empezó a encontrarse con la ESI como práctica cotidiana entre mates en la sala de profes y conversaciones con estudiantes. Ese encuentro se dio casi en paralelo al primer Ni Una Menos, en 2015, cuando las calles empezaron a llenarse de carteles contra los femicidios y la violencia de género. Lucía tomó el debate colectivo para abordarlo dentro de las aulas. 

Su formación en Antropología se convirtió en una caja de herramientas para pensar la ESI de manera amplia. La disciplina le enseñó que “la sexualidad se vive de maneras muy distintas en distintos pueblos y en distintos tiempos” y la invitó a pararse desde un feminismo interseccional y antirracista. “Quizás mi aporte puede venir por ese lado. La antropología tiene mucha historia en desnaturalizar la sexualidad y también en nombrar el racismo. Es una palabra que no se nombra tanto en las escuelas y parece que una exagera si dice que una situación es racista”, planteó. 

Considera necesario abordar este tema, sobre todo en localidades como Villa La Angostura, emplazada en territorio mapuche. Lucía recordó un acto del 9 de Julio, organizado por el municipio, en el que participaron las escuelas con sus banderas y una niña llegó con la wenufoye (bandera mapuche). “Hubo una persona adulta insultando a la infancia que estaba llevando la Wenufoye”, relató. Para ella, no hay matices posibles: “Eso es un acto de racismo”.  

Desde que se creó el ISFD 15, en 2018, Lucía encontró un lugar para entrelazar todas esas preguntas. En Neuquén, los profesorados cuentan con horas específicas para extensión e investigación y, junto a un grupo de colegas, impulsó la “Cátedra abierta de género y feminismos”, un proyecto que funciona como un espacio de militancia pedagógica. “Hemos hecho de todo: jornadas en escuelas primarias, en jardines, trabajo al interior del instituto, trabajo más comunitario”, enumeró. Todos los viernes se juntan a pensar acciones para defender y profundizar la ESI en la comunidad educativa de Villa La Angostura. 

La cátedra nació como iniciativa del instituto, pero enseguida desbordó sus paredes. Han coordinado jornadas institucionales para trabajar la ESI “a demanda” en escuelas primarias, organizaron encuentros abiertos cada quince días un sábado tras otro, diseñaron propuestas específicas para Ni Una Menos y, en el marco de la Ley Micaela, capacitaron a concejales y equipos de salud del hospital local. Esos dispositivos les permiten salir del formato clásico de clase y tender puentes entre la formación docente y la comunidad. 

El año pasado organizaron “Contar con ESI: relatos y experiencias de la ESI en los territorios”, un encuentro regional que reunió a docentes de la localidad y de la zona, para decir en voz alta cómo estaban trabajando la educación sexual. De aquella jornada surgieron exposiciones, debates y un compromiso: “Estamos compilando todas las experiencias presentadas para publicar un libro a fin de año”. Documentar, para ella, es otra forma de resistir frente al ataque contra la ESI. “Siempre registramos mucho lo que hacemos para retroalimentar nuestras prácticas de enseñanza y poder seguir pensando qué hacemos”, agregó. 

Este año sumaron una nueva instancia. Invitaron nuevamente a Ruth Zurbriggen, esta vez a presentar el libro “Cartas a quienes pretenden enseñar ESI”. Para esa actividad, armaron un buzón rojo y repartieron papeles para que les escribieran una carta a la ESI, anónima o firmada. Más de cuarenta personas se animaron a participar.  

Después, el equipo de la cátedra, integrantes del colectivo feminista Aquelarre y la propia Ruth se sentaron a una mesa larga a leerlas una por una. “Nos emocionamos muchísimo. Aparecieron muchas situaciones de violencia, de abuso, apareció mucho el lugar de las mamás, de las abuelas, de la familia. A veces agradeciendo y a veces marcando distancia”, recordó Lucía.  

Esa actividad le reafirmó el valor incalculable que tiene la ESI. “Ha servido y sirve como espacio que habilita la palabra para poder nombrar y contar situaciones de abuso. No sé si hay tantos otros espacios que lo permitan y que lo promuevan”, reflexionó.  

Esa capacidad de ponerle palabras a lo innombrable es, para Lucía, una de las razones por las que la ESI molesta. “Si está siendo tan discutida es porque realmente fue y es muy exitosa”, remarcó, citando a Zurbriggen, y añadió: “La ESI tiene y seguirá teniendo la potencia de transformar situaciones”. Lo ve, por ejemplo, en el modo en que se modificó el lenguaje para hablar de los asesinatos contra las mujeres. “Ahora nadie duda de que crimen pasional no es un concepto que refleje una situación de violencia de género y que hablar de femicidios sí refleja esa situación”, señaló. La ESI, sumada a las luchas feministas, ayudó a que esas palabras circulen en las aulas, los cuadernos y los patios escolares. 

Al mismo tiempo, no pierde de vista el contexto nacional. Desde la asunción de Javier Milei, la ESI se transformó en blanco de la ultraderecha. Se interrumpieron instancias de formación, se desfinanciaron programas y se buscó instalar la idea de que “adoctrina” o “sexualiza” a las infancias. De todas maneras, Lucía enfatizó que en Villa La Angostura “la ESI sigue absolutamente vigente”, sostenida por equipos directivos y docentes.  

Comentó que las resistencias más fuertes suelen venir de algunos colegas que no quieren involucrarse. En cambio, las familias y les estudiantes, en su experiencia, muestran más dudas que férreos rechazos. “Que una familia venga a una escuela a quejarse de la ESI en sí mismo creo que no es preocupante. En general esa resistencia se desarticula casi en una reunión, porque es charlar un rato, contar qué es, por qué es importante, por qué le sirve a les estudiantes, a las familias, a la sociedad”, explicó. 

En las aulas del profesorado, Lucía observa algo similar con las y los futuros docentes. En los primeros años aparecen miedos, pudores y desconocimiento. “Lo que veo es más asociado al temor que a una resistencia activa”, dijo. Por eso valora especialmente los momentos en que las diferencias se apalabran. Durante el debate por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, tuvo estudiantes abiertamente en contra, pero con ganas de dar la discusión. Armaron ejercicios de argumentación y contraargumentación que resultaron “maravillosos”. Para ella, esa es otra cara de la ESI: entrenar la escucha, la capacidad de discutir y de revisar la propia posición. 

Por eso, insiste en no reducir la ESI a los conceptos sobre sexualidad para abrir el abanico y cuestionarse: qué se enseña en cada materia, qué autores se leen, qué historias se cuentan y quiénes quedan afuera y, sobre todo, cómo se cuidan las trayectorias de estudiantes que trabajan, que maternan o que vienen de ámbitos rurales. “A veces estamos en segundo o tercer año de la formación docente y no sabemos cómo se llama esa compañera, cuáles son sus condiciones de vida. La ESI empieza por ahí: por conocer al otro, armar redes de cuidado y acompañamiento”, aseveró. 

Aunque la ESI no puede resolver por sí sola problemas tan profundos como las violencias de género, el racismo o los suicidios en la adolescencia, que identificó como una deuda pendiente de la escuela, sostuvo que “es una herramienta que está a la mano, disponible, amable, que funciona”. “¿Cómo no defenderla?”, recalcó.

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