Por Camila Vautier.-
¿Cómo acompañar y cuidar a las infancias y adolescencias en este tiempo donde la crueldad es moneda corriente? ¿Cómo armamos refugios colectivos para que la vida tenga un sentido?, se pregunta Liliana Maltz, educadora y militante de la ESI, tras las amenazas de tiroteo que pusieron a la escuela en el centro de un debate urgente. ¿Cómo recuperar la esperanza? En esta nota, un conversatorio organizado por ATEN para pensar colectivamente respuestas alternativas al punitivismo.
Un reto viral. Un mensaje en el baño: “mañana, tiroteo”. Policías en la puerta, revisión de mochilas. Protocolos. La noticia se repite incesantemente en los medios de comunicación. Los útiles, en la mano. Allanamientos, detención de adolescentes, multas a los padres y sanciones. Mientras los gobiernos buscan respuestas punitivas a la ola de amenazas de tiroteo que vivieron esta semana los colegios de casi todo el país, una pregunta urgente emerge de las aulas, entre las familias, el cuerpo docente y les pibis: ¿cómo acompañar y cuidar a las infancias y adolescencias en este tiempo donde la crueldad, la violencia, el odio, la ruptura de los lazos, es moneda corriente?
Liliana Maltz es licenciada en Ciencias de la Educación, psicóloga social y militante de la ESI y busca respuestas pensando en voz alta en el Conversatorio “Cuidar la escuela, a nuestrxs adolescentes y a la comunidad educativa: una tarea urgente y prioritaria», organizada por ATEN, el sindicato de trabajadoras y trabajadores de la educación de Neuquén, para aportar miradas que permitan abordar estas situaciones que irrumpieron en las escuelas.
“En función de cómo pensamos el problema, es la solución que vamos a encontrar”, afirma Liliana Maltz. “Si pensamos que los tiroteos y las amenazas en las escuelas se producen porque el adolescente, de repente y sin que tuviera nada que ver el contexto, devino en transgresor y violento, todas las fichas van a estar puestas en generar protocolos y mecanismos de control”. Ahora bien, advierte la educadora, “si la dificultad está solo en el contexto, la escuela se siente impotente, porque no puede contra la crueldad del discurso del odio que baja del poder. Y si la problemática está en las familias, la escuela se desentiende (si las familias no le ponen límites, la escuela mucho no puede hacer)”. Entonces, invita Maltz, “es necesario pensar colectivamente: ¿qué sí puede hacer la escuela?”
En los últimos días, Liliana comenzó a investigar sobre el tema y el algoritmo le mostró posteos y noticias diversas. “Necesitamos detector de metales”, se leía en los comentarios que le mostraban las redes. “Autorización firmada a las familias para revisar mochilas de ser necesario”, “que vayan vestidos como corresponde, la escuela es la escuela”. “Y la familia, ¿cuál es su función?, ¿no son responsables?”. “Los docentes conocen la letra de los chicos. Multa a los padres y se va a terminar”.
Para Maltz, hay algo que todos estos comentarios tienen en común. El miedo.
“Cuando tenemos miedo sentimos que necesitamos andar con chalecos antibalas y casi con pistolas para defendernos. El otro deviene en mi enemigo y es muy difícil armar un vínculo en este contexto”, advierte. “Alguien gana con la debilidad del lazo, con esta desconfianza que tenemos a nuestros alumnos, a las familias, las familias a la escuela. Es como que ese lazo empezara a cortarse y viene como anillo al dedo para una reforma educativa. Porque la escuela no es garantía de nada. Esto le es muy funcional a quienes van por la baja en la edad de imputabilidad”.
En marzo de este año el Congreso convirtió en ley el proyecto de Régimen Penal Juvenil que baja la edad de imputabilidad de 16 a 14 años, una reforma que, según Unicef, significa “un retroceso en materia de derechos humanos y una medida regresiva”.
A esto, se suma la violencia, el desprecio a la vida, el discurso del odio, la crueldad generada por el poder mismo encarnado en el gobierno libertario de Javier Milei.
“Las y los adolescentes ven cómo se golpea a las personas con discapacidad, a los jubilados o a quien disiente con este gobierno. Ven cómo se avala la guerra, escuchan a un presidente decir que va a acabar con una civilización o un presidente que dice ‘hay culturas con las que no se puede convivir’. Entonces ¿Qué hacemos con esas culturas? ¿Las matamos, las eliminamos?”, se pregunta Maltz. “No podemos no tener en cuenta el contexto en el que se banaliza la vida, se retira la empatía y la crueldad tiñe la escena. Los adolescentes no viven en otro mundo”.
En una charla con el centro de estudiantes de una escuela de La Rioja, los chicos y chicas le expresaron a Liliana algunas de estas preocupaciones. “Estamos solos”. “No tenemos espacios para contar lo que nos pasa”. “En nuestras casas, nuestros papás y mamás están preocupados. Necesitamos que nos escuchen”.
La pérdida del sentido y de los proyectos de vida que ofrece este capitalismo salvaje vuelve incierto el futuro para las juventudes. “La escuela se funda en tener un proyecto que genere solidaridad y nos permita sentir que vamos a ser alguien en una sociedad”, afirma Maltz. “Este sentido se lo están robando a la escuela, el de la trascendencia de tener un futuro mejor”.
Las preguntas asoman y son urgentes. ¿Qué hacer con esta violencia, esta ausencia de futuro? ¿Cómo generamos condiciones para que los y las adolescentes sientan que tiene sentido la vida?
La respuesta sigue siendo la escuela. “El único espacio hoy que puede armar comunidad frente a las redes y la soledad virtual, donde están los cuerpos presentes aprendiendo a convivir con las diferencias, cuando los clubes están debilitados, cuando la esquina devino peligrosa, es la escuela. Por algo la están atacando”, dice Maltz.
¿Cómo armar en las escuelas refugios colectivos para cuidar? ¿Cómo recuperar la esperanza?
La ESI, la puerta de entrada a un abordaje diferente
Liliana Maltz propone “ponerse los lentes de la ESI” y usarla como puerta de entrada para abordar estas situaciones desde otros lugares posibles, como alternativa al punitivismo impuesto. “La ESI nos invita a mirar la complejidad. Teniendo en cuenta las cuestiones políticas, sociales, culturales, económicas. Pero no se queda en lo general. Lo cruza con lo situado”, asegura.
En este tiempo donde aflora la crueldad, la escuela puede ser ese refugio, territorio de posibilidades. ¿Cómo? La especialista en ESI propone trabajar desde las aulas los temas de masculinidad hegemónica, la intimidad y las redes. Preguntarse junto a los chicos y chicas: ¿por qué atrapan y cuáles son los mecanismos de estas comunidades para atrapar y minimizar la violencia? Construir una mirada crítica respecto de las redes y el algoritmo. “De la mano de la ESI, podemos reestructurar la escuela pensando en esas prioridades hoy”, destaca Maltz.
“Armemos rondas”, dice Liliana. “Rondas entre docentes para compartir y alojar la tristeza, la angustia, la preocupación, el miedo. Para compartir preguntas sin apurarnos en encontrar respuestas. Y menos, respuestas enlatadas. Rondas para cuidarnos. Rondas para pensar qué podemos hacer”. Pero también, “rondas entre familias y escuelas”. “Rondas para poner en el centro los afectos y preguntas que lo que está ocurriendo en nuestras escuelas nos provoca. Rondas para pensar nuestro lugar como personas adultas y nuestra dificultad de poner un borde, inclusive en el uso de las redes”. “Rondas sin acusaciones, ni culpas. Rondas con las infancias y las adolescencias para escucharlas y darles la palabra. Para alojar y validar sus afectos, sus preguntas y sus enojos. Para ensayar y esbozar respuestas colectivas. Rondas de cuidado. Rondas de ESI”.
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