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FOTOS DE GAZA
Por Mónica Reynoso.-
Pocas palabras se llevan bien con esta época. El lenguaje está faltando sin aviso y cuando se manifiesta lo hace deshilachado y con hipo. Ahora es la hora gloriosa de las imágenes. Rotundamente. Como nunca antes. El interesante vocabulario del psicoanálisis y la Historia ha sido derrotado con todo éxito por el argot escaso y extenuante de la economía y las finanzas. Se habla mucho de economía, mucho, demasiado. En maridaje con la matemática, la competencia, la renta y la estadística, el tema agobia. Es como si por años sólo soplara un viento loco y cayera una lluvia helada, sin el respiro saludable de un día de sol y un cielo diáfano.
Con la facilidad de un celular en la mano, ahora no hay actividad humana que no pueda quedar registrada para un futuro que, quién sabe, albergará el testimonio de un tiempo que hubo y ya no hay. Las fotos de la intimidad cotidiana orbitarán ad aeternum sin más interés que el de la familia y los amigos de los retratados. Sin embargo una cotidianeidad en extremo dolorosa, como la de las fotos publicadas hace poco de Gaza arrasada por el ejército israelí, seguirán hablando de la condición humana y de la crueldad o de la ternura que pudimos ofrecer mientras existimos.
Algunas satelitales muestran senderos como telas de araña tendidos desde y hacia la nada: es la localidad demolida de Bani Suheila. En otras tomadas desde el aire, se puede reconocer algo que evoca una traza urbana, aunque desde lo alto es sólo un cuero seco y vacío; donde hoy hay un nuevo puesto militar israelí, hubo allí un cementerio. ¿Qué habrá sido de esos muertos, muertos dos veces, enterrados y desenterrados, cuánto los habrán llorado otra vez sus deudos, esta vez bajo las nubes ardientes y el polvo ceniciento de las bombas?
Tomada desde el suelo, en una foto está Murid Akhziq intentando cocinar en cuclillas sobre un pedazo de piso que apenas se mantiene gracias a una columna a punto de desmoronarse, bajo unos trozos de algo que pudo haber sido el techo de su casa. En otra, Najwa Abi Eita, vestida toda de negro; mira un punto lejano y se toma una mano con la otra. Tiene el rostro tumefacto por las explosiones de los ataques del ejército israelí; por las bombas perdió a su hija de siete años. Hay ropa colgada a sus espaldas, toldos. Se percibe un silencio inestable.
Gettyimages.es alberga casi un millón de fotos de Gaza. Se trata de todo tipo de imágenes tomadas en Palestina, de lo que queda de sus ciudades, sus plazas, sus escuelas, sus bibliotecas, sus jardines, sus caminos, sus cafeterías. Es posible mirarlas si se reúne un poco de valor y un mucho de distancia crítica que no es posible reunir si las imágenes muestran las variaciones desesperadas del sufrimiento humano en tiempo real. De la hambruna, el humo, las corridas, el llanto, la muerte, la mutilación, la sangre, el dolor, la paciencia, la desolación de las mujeres, los viejos, los jóvenes, los niños, los niños, los niños. Si las fotos son de niños que juegan entre trapos en medio de dunas desiertas, descalzos, vestidos con harapos sucios, famélicos, pero sonrientes y alegres, a quien contempla esas fotos una intensa angustia lo asalta, como si un oscuro animal agazapado se instalara, voraz, entre las tripas. Quien contempla no a los niños de Gaza sino las fotos de los niños de Gaza, a miles de kilómetros de los niños que juegan en Gaza, mira las fotos en la tibia seguridad de un techo bajo el cual sólo es capaz de llorar y dar gracias por esos niños reales que en las fotos juegan sonrientes y alegres rodeados de nada.
Hay también la foto de un chico que carga dos grandes bidones con agua, uno en cada mano. Es agua porque no puede ser otra cosa en esa indigencia brutal, donde falta hasta el aire limpio. Va por una senda sin fin y sólo la luz brava del desierto y el vacío están a su alrededor. La postura del cuerpo infantil, un poco recogido sobre sí, tambaleante, indica que esos bidones pesan, que cargarlos es una tarea dura. Es una foto satelital pero igual no es posible ver el lugar de donde viene el chico ni el lugar donde descansará de la carga. ¿De dónde vendrá, qué tan cerca o lejos hay donde cargar agua en bidones, una canilla, un manantial, un tanque de ayuda humanitaria? ¿quiénes estarán esperando la llegada del chico cargado de bidones con agua? ¿una abuela, un hermano, alguien que como él sobrevivió a la matanza? Parece un camino largo para un chico cargado con pesados bidones de agua. Un camino largo. Un chico cargado. Agua. Los ojos que miran la foto la abandonan. Es una escena insoportable. No porque no haya muchos niños más en el mundo en tareas de adultos y en necesidades extremas. No. Es insoportable porque la foto recorta y fija la inminencia de una catástrofe: en cualquier momento puede caer una bomba.
DAÑOS COLATERALES
Se ve un croquis en la penumbra. Un dedo indica un punto del croquis. Hay un diálogo entre dos hombres (*)
- El edificio que debo atacar. Aquí hubo cuatro NAZA.
- ¿Qué es NAZA?
- Daños colaterales. El número de civiles que morirá en el ataque. A partir del 7 de octubre había una especie de consenso. Todos decían que no había inocentes en Gaza. Bien, hagamos lo que hagamos, se lo merecen.
Otra voz:
- Gaza se convirtió en una fábrica de objetivos.
- ¿Cuál fue la cifra más elevada en un ataque?
- Una vez se aprobó matar a 500 para un solo objetivo.
- 500 personas equivale a un pueblito israelí.
- Sí. Si te digo que no te cuento todo, debes creerlo. Debería decírtelo, pero hay cosas que no puedo.
(*) Transcripción del trailer de la película NAZA que documenta el genocidio en Gaza con entrevistas a 24 soldados israelíes que participaron en las matanzas de civiles palestinos. Sus autores, dos jóvenes cineastas israelíes, recibieron una ovación de 25 minutos en la presentación de la película en la Bienal de Venecia. Son Rachel Szor, de 32 años, y Yuval Abraham, de 31. Ambos son coautores también de No other land, que muestra la resistencia palestina en la Cisjordania ocupada. El premier israelí con pedido de captura internacional por crímenes de guerra ha ordenado identificar y procesar a los entrevistados en NAZA y despojar de ciudadanía a Szor y Abraham.
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La designación de un infierno nada nos dice, desde luego, sobre cómo sacar a la gente de ese infierno, cómo mitigar sus llamas. La persona que está perennemente sorprendida por la existencia de la depravación, que se muestra desilusionada (incluso incrédula) cuando se le presentan pruebas de lo que unos seres humanos son capaces de infligir a otros -en el sentido de crueldades horripilantes y directas-, no ha alcanzado la madurez moral o psicológica. (…)
En la actualidad un enorme archivo de imágenes hace más difícil mantener este género de defecto moral.
Debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan.
Ante el dolor de los demás, Susan Sontag (2003)




