Hombres que lloran

Por Mónica Reynoso.-

Ni la bandera por Malvinas, ni el virtuosismo atlético, ni la derrota de Inglaterra. Del reciente campeonato de fútbol atesoro la auténtica epopeya, la verdadera hazaña de titanes: la emoción de los jugadores argentinos, llorando sin consuelo frente al mundo. Con Lionel Scaloni a puchero limpio, la selección desafió las históricas normas afectivas que prohíben a los hombres llorar.

He visto a pocos hombres permitirse el llanto. Nunca en público, y si sucedió, habrá sido en secreto, ajenos a la mirada de los otros, ocultando la flaqueza. Mi padre sí lloró ante mí, desesperado, trastornado de dolor. Le tocó presenciar cómo en la esquina de casa un auto atropellaba a nuestro cachorrito, cómo sus gritos de horror no pudieron impedirlo. Mi padre, un hombre alto y firme como un árbol, irrumpió en casa gritando, clamando todavía. Empequeñecido, se tomaba la cabeza entre las manos, como si fuera a perderla por la pena y el espanto de esa escena atroz. Nunca podré olvidarlo, nunca agradeceré lo bastante por un padre que se desespera y llora ante la muerte de un perrito.

Mi padre escuchaba y cantaba a toda hora un repertorio completo de tangos y milongas que pasaban por la radio. El tango, artefacto normativo y moralizante de los afectos y la identidad. Como Scaloni y sus muchachos ¿habrá desoído mi padre el mandato prescripto en la letra indudable de la virilidad obligatoria? En el tango Tomo y obligo un varón se confiesa ante otro (presumimos la bruma de un bar). Ha visto a su mujer “envilecida, a otros brazos entregada”, vino a ahogar su pena en alcohol e invita a tomar con él. “No es que la llore porque me engaña/ yo sé que un hombre no debe llorar”, se ataja. Porque en realidad no lo perturba tanto haber sido engañado por una mujer sino haberse contenido para no matarla. Muy amargado, pero fortalecido por la experiencia, se siente en condiciones de advertir: “Siga un consejo, no se enamore,/ y si una vuelta le toca hocicar/ ¡fuerza, canejo! sufra y no llore,/ que un hombre macho no debe llorar”.

Qué decir de “hocicar”. ¿Y de “canejo”? El canejo distrae porque refiere a Martín Fierro y Patoruzú, pero hay que ver lo claro que se indica el destinatario de la norma: es para un hombre; no cualquier hombre: un hombre macho. “Bajó el bacán la cabeza/ y él, tan rana y tan compadre,/ besándola en el cabello/ lloró como una mujer”, dice otra letra de tango.

 

LA LLORONA

Ayer lloraba por verte

Hoy lloro porque te vi

 

Llorar como una mujer es la definición perfecta de llorar. Las antepasadas de quienes desciendo, mis tías, mis primas, mi abuela, encharcaban en lágrimas adioses y bienvenidas cuando emprendíamos las vacaciones familiares en tren. A lágrima viva nos despedía mi tía en el andén, musitando todo tipo de catástrofes venideras en nuestra ausencia, y era tanto el llanto, reservado para la ocasión, con que nos recibían mi abuela y mis tías que la niña que era yo no alcanzaba a discernir dónde había angustia y dónde otra cosa. Lo único que entendía con nitidez era que ese llanto expresaba afecto y que ese afecto era un tributo a mi familia. Nos querían, nos esperaban, lloraban.

“Las emociones están vinculadas a las mujeres, a quienes se representa como más cercanas a la naturaleza, gobernadas por los apetitos y menos capaces de trascender el cuerpo, la voluntad y el juicio”, dice el prólogo a La política cultural de las emociones, de Sara Ahmed.

La debilidad (“el sexo débil”), lo fallido, lo blando, la traición, la flaqueza, atributos todos que la cultura popular ha asignado al colectivo “mujer”, y por contaminación a los varones homosexuales, no en vano llamados mariquitas. Tampoco es que Las Mujeres sean las únicas apropiadas para llorar. Hay mujeres y hay mujeres. Hay mujeres duras de lágrima, que no lloran por nada, como hay las que lloran bajito entre suspiros, las que quedan afónicas llorando, las muy lloronas, generaciones de mujeres cultivando el llorar como preciosa flor, y aun y sobre todo en público, porque el llanto está asociado a la emocionalidad y si sos mujer y llorás, no hay duda de que sos mujer, pero más si te ven llorando: sos tierna, sos sensible, sos una mujer cabal.

 

EL MUJERCITA

 

En una tira inolvidable, Felipe, el amigo de Mafalda, está parado sobre un banquito secando platos en la cocina. ¡Eeeehhh!… ¡el mujercita secando platos!, se dice enrojecido de vergüenza. ¿Cuántas veces me dije que ayudar a mi mamá no es ser mujercita? ¡Es ser bueno! Siguiente cuadro: silencio. Ultimo cuadro: ¡Eeeeehhh… la buenita, secando platos!

Emoción no es sólo el llorar. Es el miedo, el odio, el dolor, la repugnancia, la alegría. Sara Ahmed, teórica y activista feminista, sostiene que las emociones no son estados internos solamente, ni individuales, sino que son construcciones culturales y responden a prácticas sociales que buscan legitimar un orden social. La fobia a los extranjeros es un buen ejemplo, en evidencia con el campeonato de fútbol y sucesivas manifestaciones de discriminación. Emoción es una palabra derivada de otra latina: emovere: mover, moverse. Ahmed relaciona movimiento con vínculos y afirma: “Lo que nos mueve, lo que nos hace sentir, es también lo que nos mantiene en nuestro sitio, o nos da un lugar para habitar”.

Ante la ola femicida que nos azota de tiempo en tiempo ¿qué hacer? Denunciar, movilizar, actuar… llorar, llorar, llorar. El poeta depuesto Gerardo Burton eligió mirar a los ojos a los femicidas y escribir, poetizar el dolor. Escribió Heridas que no cierran, hace ya cerca de diez años. Ruth Zurbriggen presentó el libro, dedicado a Macky Corbalán. “Este libro es un acto de traición. Un acto de traición a los pactos patriarcales. Es un varón que habla a través de la poesía sobre la violencia femicida ejercida por varones”, dijo RZ.

De los pactos patriarcales se trata. Acaso desprovistos de lo que tiene el poeta pero olfateando en el aire refrescado por la obstinación feminista un cierto permiso a aflojar y ser tiernos, muchos varones se vienen sintiendo autorizados a exhibir sus emociones, a besarse, a llorar en público, a mostrarse derrotados, débiles, “mujercitas”. Sean ustedes bienvenidos. Los estábamos esperando.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *