Por Laura Rosso.-
Mujer, feminista, docente, madre, hija, hermana, amiga y compañera. Para Micaela Ailén Sides, esta enumeración es una declaración política y afectiva. Es la manera que elige para nombrarse y habitar el mundo. Porque nombrarse es también una forma de construirse, una trama colectiva desde la cual caminar día a día. Nació en la ciudad de Neuquén, lugar que siente su hogar y su refugio: “Tierra de viento, de petróleo y de grandes luchas”, subraya. Vivió muchos años en Rosario pero eligió regresar al valle y construir su vida en Plottier, una ciudad ubicada a 15km de la capital neuquina. Es profesora de Nivel Medio y Superior en Química y trabaja en escuelas secundarias como profesora de Educación Sexual Integral, Química y Fisicoquímica. La docencia ocupa un lugar central en su vida, “una elección profundamente política y también parte de mi identidad”, señala. Cree en la educación pública y en la posibilidad de que la escuela aporte a la construcción de una sociedad más justa, más libre, más amorosa y menos violenta. Para Micaela, enseñar no es solamente transmitir conocimientos, es “construir confianza, brindar herramientas y generar espacios donde les estudiantes puedan expresarse, hacerse preguntas y reconocerse como sujetes de derechos”. Cuando no trabaja, disfruta de la vida junto a su niño, le gusta bailar, andar en bicicleta por la costa del río Limay y compartir tiempo con amigues y familia.
Micaela encontró la ESI mucho antes de saber que existía algo llamado Educación Sexual Integral. Creció en una familia con una mamá muy presente en todo lo relacionado a la sexualidad. “En mi casa siempre me sentí segura y con mucha libertad para preguntar y hablar de lo que me pasaba”, revela. Durante su adolescencia, recuerda largas charlas con su mamá sobre los cuerpos, los cuidados, los deseos, los temores y todas las dudas que aparecían en esa etapa. Sin embargo, había una pregunta que volvía una y otra vez: ¿por qué podíamos hablar de todo eso en la casa y no en la escuela? ¿Por qué esos temas no formaban parte de la educación y del crecimiento como adolescentes? Micaela pensaba en quienes no encontraban esa posibilidad dentro de sus casas. “Ahí empecé a preguntarme por qué no existía un espacio dentro del sistema educativo que pudiera garantizar esas conversaciones. En la escuela, lo poco que se hablaba sobre sexualidad aparecía en Biología y estaba relacionado casi exclusivamente con la reproducción, las enfermedades o los riesgos. No había un lugar para hablar de nuestros deseos, nuestros vínculos, nuestros miedos, del placer, el consentimiento o las situaciones que realmente atravesábamos como adolescentes”.
Un recorrido feminista
A los trece años comenzó a participar de los Encuentros Nacionales de Mujeres. Su primer encuentro fue el de 2003, fue con su mamá, sus hermanas y compañeras de distintas organizaciones. Micaela recuerda que en ese momento eran muy pocas las adolescentes que participaban. Fue creciendo al mismo tiempo que crecían los Encuentros y empezó a ver más pibas, más adolescentes y más mujeres jóvenes participando. Eso le daba mucha alegría y esperanza. Sentía que cada vez eran más las que se encontraban, se hacían preguntas y discutían sobre los cuerpos, las vidas y los derechos. A los quince, mientras cursaba tercer año, junto a una compañera crearon la Comisión de Mujeres dentro del Centro de Estudiantes. “Le decíamos ‘comisión’, pero en realidad éramos nosotras dos”, cuenta. Iban a una escuela técnica de Neuquén, de unos dos mil estudiantes, y no más de cien eran mujeres. “Ser mujer en una escuela técnica en esos años no era sencillo. Estaba muy presente la idea de que era un espacio de varones y nosotras casi unas intrusas”. Micaela, tiene un anecdotario de situaciones: En el taller de tornería, cuando terminaba la clase, los varones se iban y ellas tenían que quedarse limpiando. En el taller de soldadura, algunos profesores se acercaban de maneras que las incomodaban y había docentes que no les permitían utilizar determinadas máquinas por el solo hecho de ser mujeres. También eran permanentes los comentarios sexistas. “En medio de todo eso, con mi compañera empezamos a pensar que necesitábamos generar un espacio para hablar. Se nos ocurrió presentar un proyecto para realizar un taller de educación sexual dentro de la escuela. El nombre que habíamos elegido era “Para decidir con responsabilidad, hablemos de sexualidad”. Corría el 2005, y todavía no existía la Ley Nacional de Educación Sexual Integral. Fue ahí que conocieron a Ruth Zurbriggen. “Nos dio una mano enorme”, dice Micaela. “Se tomó el tiempo de reunirse con nosotras: dos pibas de quince años que queríamos hacer un taller sobre sexualidad en una escuela técnica con una conducción muy conservadora”. Ese encuentro fue especial: “Ruth no minimizó nuestras dudas ni nos trató como si estuviéramos exagerando. Escuchó nuestra necesidad de hablar de esos temas y nuestro deseo de que esas conversaciones sucedan dentro de la escuela”. Las acompañó en el proyecto aunque la escuela nunca autorizó el taller: “Uno de los principales motivos fue que proponíamos abordar temas como el aborto. Al año siguiente, en 2006, se sancionó la Ley Nacional 26.150, que reconoció el derecho de les estudiantes a recibir Educación Sexual Integral en las escuelas”.
Hace dos años, Micaela tomó por primera vez horas para enseñar Educación Sexual Integral en un primer año. Aún recuerda la emoción y los nervios de ese día. “Cuando entré al aula y me encontré frente a un curso de veinticinco pibis, fue inevitable pensar en aquella Micaela adolescente y en su compañera, en esa Comisión de Mujeres y en aquel taller que la escuela no nos había permitido realizar”. Fue profundamente movilizante: reparaba algo de aquella adolescente que no había sido escuchada por su escuela.
Sobre la construcción del Diseño Curricular de la Escuela Secundaria en Neuquén, Micaela subraya que la ESI fue reconocida como un espacio curricular propio e inter-área, con saberes específicos, carga horaria y posibilidades de articulación con las demás áreas. “Una decisión que no surgió de manera aislada sino que se construyó colectivamente con la participación de les docentes y de distintos sectores de la comunidad educativa”.
Mira el recorrido que da cuenta de su encuentro con la ESI y dice: “La encontré primero en mi casa, de la mano de mi mamá. La encontré en los Encuentros Nacionales de Mujeres, junto a mis hermanas y a tantas compañeras. La encontré en La Revuelta y, especialmente, de la mano de Ruth. También en las organizaciones feministas, en las universidades y, sobre todo, en las escuelas y en las preguntas de les estudiantes”.
Sostiene que la difamación de la ESI no es casual y tampoco una discusión sobre contenidos escolares. “Lo que se está discutiendo es qué sociedad queremos construir, qué vidas son reconocidas, qué cuerpos pueden existir, qué familias son consideradas válidas y cuánto poder tenemos las personas para decidir sobre nuestras propias vidas”. Y agrega que cuando se habla de ‘ideología de género’, de ‘adoctrinamiento’ o de que la ESI viene a deformar la cabeza de les estudiantes, se busca generar miedo. “Se instala la idea de que representa un peligro para las infancias cuando, en realidad, lo que pone en riesgo es el silencio que durante tantos años protegió las desigualdades, los abusos y las violencias. Estos discursos no son nuevos, pero toman otra dimensión cuando provienen de la máxima autoridad del país y se convierten en narrativas oficiales”. Por eso, Micaela pone énfasis en la necesidad de que exista la ESI, porque “la responsabilidad de la escuela y del Estado es garantizar un espacio para que esas preguntas puedan hacerse. La ESI ofrece palabras. Y tener palabras puede cambiar una vida. Permite que un pibi pueda reconocer que algo le incomoda, que puede decir que no, que determinados secretos deben ser contados y que existen personas adultas a quienes pedir ayuda. Permite que les adolescentes puedan reconocer los celos, el control, la revisión del celular o el aislamiento de sus amistades como formas de violencia y no como demostraciones de amor”.
La ESI como espacio curricular
En Neuquén, la ESI plantea que lo trabajado en el aula debe ponerse en diálogo y en tensión con lo que ocurre en la vida cotidiana, en la escuela, en el barrio y en el territorio. “Por eso también es tan importante que sigamos defendiendo que la ESI sea un espacio curricular. La transversalidad continúa siendo necesaria porque toda la escuela tiene que estar atravesada por esta perspectiva. La enseñanza de la ESI no puede depender de que une docente tenga ganas, tiempo o formación para trabajarla”.
Acerca de las demandas y necesidades vinculadas a la ESI en Neuquén, Micaela dice que son muchas y suelen aparecer cuando se logra construir un espacio de confianza para preguntar sin vergüenza y sin miedo. Cuenta algunos ejemplos: “En un segundo año surgieron dudas muy concretas sobre el cuerpo y sus cambios. A veces damos por sentado que, porque tienen catorce o quince años, ya manejan cierta información, pero no siempre es así. Aparecen preguntas sobre el ciclo menstrual, la reproducción, las identidades y sobre lo que les está pasando en sus propios cuerpos. El año pasado, por ejemplo, una estudiante me preguntó si una mujer trans podía gestar después de una cirugía genital de afirmación de género. Son preguntas genuinas que necesitan información clara. En otro curso de primer año había tres estudiantes trans y surgió la necesidad de trabajar con mayor profundidad la Ley de Identidad de Género y los derechos conquistados”. Así, hablaron de los procesos de hormonización, de los bloqueadores de la pubertad y de los lugares concretos a los que podían recurrir para buscar información, atención y acompañamiento. “También entraron al aula situaciones que atraviesan a toda nuestra comunidad. El año pasado trabajamos sobre un femicidio que sucedió en Plottier y en ese curso había familiares del femicida y de la mujer asesinada. Fue un intercambio muy intenso, atravesado por el dolor, la tristeza y muchos silencios”. Como docente, el desafío para Micaela fue cuidar sin exponer a nadie, pero también nombrar lo ocurrido “como parte de una violencia machista que se sostiene en una sociedad patriarcal que históricamente ha legitimado el poder de los varones sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres y las diversidades”.
En otro curso trabajaron a partir de dos preguntas: ¿Quién te enseñó a ser mujer? ¿Quién te enseñó a ser varón? Y aparecieron mandatos muy concretos: tener que mostrarse fuertes, no llorar, agradar, esconder lo que sienten, responder a determinados modelos de belleza. “Fue tanta la necesidad de poner en palabras y soltar algo de esas exigencias que decidimos hacer una fogata en el patio de la escuela. Cada estudiante escribió en un papel un mandato que le pesaba, que le generaba tristeza o que ya no quería seguir sosteniendo, y después lo arrojó al fuego”.
Micaela sabe que muchas veces las familias reciben información falsa o ven materiales de ESI fuera de contexto. “Eso genera miedo”, aclara. “Por eso me parece importante poder conversar, mostrar qué hacemos en las aulas y no responder desde la confrontación. Desde una mirada feminista, la ESI también discute esa idea patriarcal de que las personas adultas podemos decidir sobre los cuerpos, las identidades y las vidas de les más jóvenes. Acompañar no es decidir por elles. Es reconocer que tienen voz, que sus cuerpos les pertenecen y que necesitan herramientas para construir autonomía, poner límites y pedir ayuda cuando un derecho está siendo vulnerado. También les diría que la ESI no es una concesión de la escuela ni un contenido que pueda depender de las creencias o de las posibilidades de cada familia. Es un derecho de les estudiantes y una responsabilidad indelegable del Estado. Y les explicaría que la ESI se construye teniendo en cuenta el momento vital, las experiencias y las preguntas de cada grupo para brindar información, ampliar derechos y habilitar conversaciones que muchas veces no encuentran lugar en otros espacios. Hablar de diversidad no vuelve trans, gay o lesbiana a una persona. Lo que hace es reconocer que esas identidades existen y que quienes las habitan tienen derecho a transitar la escuela sin ser discriminades, violentades ni obligades a ocultar quiénes son. Invitaría a las familias a acercarse a la escuela, conocer los materiales y conversar con les docentes. La confianza se construye abriendo espacios de intercambio, no desde el miedo ni desde la desinformación. Para mí, la ESI no aleja a las familias de sus hijes. Al contrario, puede abrir conversaciones que a veces son difíciles de empezar”.
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