Por Elena Egea.-
El aula era una sola carcajada. Gabriela Loncopán le dictaba a sus estudiantes de séptimo grado de la Escuela N°167 de Picún Leufú, un pueblo a 140 kilómetros de Neuquén capital. En un momento, un alumno le comenta: “Seño, si pasa un nene de primero se va a asustar, estás meta decir pene”. Ella le replica: “Y si no me dejan terminar de dictar”. El curso completo se ríe con complicidad. Gabriela no se anda con vueltas ni teme nombrar las partes del cuerpo. Para eso está la Educación Sexual Integral (ESI), para desarticular el pudor, los prejuicios y darle paso a las emociones, entre tantas cosas más.
Ella no recibió educación sexual, aprendió sobre el andar. Cree que, si la hubiera tenido, se hubiese ahorrado muchos dolores. Por eso, ahora le enseña ESI a niños y niñas de cinco años en la Escuela Infantil N°38. Allí también se escucha la palabra “pene y vagina”, pero sobre todo se habla de las emociones, de la importancia de cuidar el cuerpo, de respetar al otro, de reconocer los derechos y desarrollar el “pensamiento crítico”.
Gabriela quería ser profesora de Educación Física, aunque la vida la llevó por otro camino, no tan lejano. Es la menor de las mujeres de siete hermanos de “una familia de clase trabajadora”. “A todos les costó un montón poder salir adelante. Dos hermanos se fueron al ejército, otra de mis hermanas se casó y así se fueron, pero ninguno pudo estudiar”, relató.
Hicieron un gran esfuerzo económico para que se vaya a vivir a Plottier, un tiempo después de terminar el secundario. Allí vivía con una de sus hermanas y viajaba a la capital neuquina para asistir al Instituto Superior de Formación Docente N°12, donde estudió el Profesorado en Enseñanza Primaria y luego Enseñanza Inicial. El salto desde Picún Leufú, un pueblo donde “todos se conocen”, a una ciudad grande fue “muy difícil”. Todo le parecía peligroso, no solo a ella, sino a su familia. Su mamá la llamaba hasta 15 veces en el día y si no respondía se imaginaba lo peor. “Me acuerdo que una vez me quedé sin batería en el instituto y estuve ahí todo el día. Casi llama a la policía”, contó.
La anécdota es tragicómica, una escena cotidiana para las mujeres. Gabriela confía en que la ESI puede ayudar a construir un mundo en el que cada persona pueda vivir libremente, sin miedo a no volver a casa.
Cuando cursó, casi no se hablaba de educación sexual en el ISFD, pero una vez recibida se fue integrando a su práctica poco a poco. Con el tiempo le fue interesando más y más y comenzó a capacitarse por su cuenta. En la Asociación de Trabajadores de la Educación del Neuquén (ATEN), escuchó por primera vez hablar de la ESI en clave de derechos y de feminismos. Después conoció a la Colectiva Feminista La Revuelta con quien viajó a “muchos Encuentros de Mujeres”.
En esos micros, en las rondas de mate y en los talleres multitudinarios fue armando su propia caja de herramientas. No hubo una materia específica ni un manual único, sino conversaciones, lecturas, escuchas atentas con las que se fue “empapando” y, luego, llevando a la práctica en el aula.
En la Escuela Infantil N°38, la ESI se construye en el día a día. Aparece en la pelea por el color de la taza, en quién puede usar el autito o la casita, en debatir ideas como que “las nenas no juegan al fútbol”. Gabriela baja todo a la cotidianeidad. “Se arranca con el cuidado del cuerpo, desde ‘nos cuidamos, nuestro cuerpo es nuestro, no lastimamos’. Después desde los acuerdos y las asambleas: qué nos hace bien, qué no nos hace bien”, explicó.
La ESI también está en la decisión de que no haya baños de “nenes” y “nenas”. “Puede entrar cualquiera. Primero hay que golpear, esperar, saber que si hay algún compañero, no puedo entrar. Todo eso, hablándolo, viendo imágenes o videos, se aprende”, comentó. Se trata de construir una convivencia armónica, compartir, respetar los límites propios y ajenos desde los tres, cuatro o cinco años. “En el jardín, creo que esa es la gran función de la ESI”, remarcó.
En séptimo grado, la propuesta toma otra forma. Este año trabajaron con una unidad que les llevó medio ciclo lectivo sobre “el cuerpo, las emociones y los vínculos en la pubertad”. Se presentaron debates, charlas, videos, imágenes, risas nerviosas y muchas palabras nuevas. Todavía aparece la vergüenza para nombrar pene y vagina, los eufemismos como “pajarito” o “cosita”, pero el juego está en desarmarlos con paciencia.
El cierre lo hicieron junto al hospital de Picún Leufú. El equipo de salud se sumó con tarjetas de preguntas y las y los estudiantes pudieron responder casi todo. “Saben un montón. Venimos trabajando hace mucho”, celebró.
Picún Leufú es un pueblo de cinco mil habitantes donde son “todos vecinos”. Gabriela no se topó con grandes resistencias dentro del aula, sus estudiantes “en general participan, preguntan, se ríen, se animan”, se apropian de los contenidos y los defienden con argumentos. Cuando se enteraron del femicidio de Agostina Vega, en Córdoba, se escuchó un comentario en la sala: “Viste cómo andaba vestida”. Así surgió un debate espontáneo: “¿Y si te pasara a vos? Vos también salís de noche. Vos también mirate cómo te vestís. ¿Y por eso tienen que hacerte algo?”. Gabriela dejó que el grupo se escuchara, que las preguntas circularan y sean los propios estudiantes quienes desarticulen los prejuicios.
Las objeciones más firmes a la ESI, cuando aparecen, suelen venir del mundo adulto. A veces son familias atravesadas por discursos religiosos que piensan que en sala de cinco se habla de “relaciones sexuales”. Otras, docentes que todavía asocian la educación sexual solo a “lo biológico” y se quedan en el dibujo del llamado aparato reproductor. “Hay compañeros a los que todavía les cuesta mucho poder trabajar la ESI y, si la trabajan, es sobre el cuerpo, se basan en eso simplemente”, describió. Ella se apoya en la normativa y en la conversación. “Tengo los argumentos, doy los fundamentos y puedo pararme desde esta mirada de que es una ley. Yo estoy avalada y debo darla”, afirmó.
Sin embargo, sí percibe un ensañamiento del gobierno libertario hacia la ESI. ¿El motivo? “La ESI abre más la mente, nos ayuda a pensar, a reflexionar, y eso no les sirve, no les conviene este tipo de trabajo para con los chicos y las chicas”, analizó Gabriela. Sostuvo que al hablar de derechos humanos, igualdad, diversidad, afectividad, se promueve que las infancias se pregunten por qué las cosas son como son.
Y remarcó: “Yo creo que la ESI es importante porque le brinda a los nenes y a las nenas herramientas para conocerse, cuidar su cuerpo, expresar sus emociones y construir vínculos basados en el respeto”. Está convencida de que ayuda a prevenir situaciones de violencia y abuso, a desarmar la discriminación y a promover “una convivencia más saludable, inclusiva”. Cuando no logra prevenir, ofrece al menos un espacio para poner en palabras lo que duele.
Gabriela sabe que nada de esto empezó en el aula. Haber podido irse a estudiar, leer, militar en el sindicato y en los Encuentros Plurinacionales de Mujeres y Disidencias le permitió tomar distancia de los mandatos que conoció de chica. “En mi casa había muchos estereotipos, mucho machismo”, admitió. Por eso, defiende y promueve la ESI también fuera de la escuela. Sus hermanas la buscan para que hable con sus hijos adolescentes sobre cuidados, preservativos, consumos y vínculos. “Educar no es solo transmitir contenido académico desde la matemática o lengua, es también acompañar el desarrollo integral de cada nene y nena”, enfatizó.
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